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Amazonas: Quieren secar nuestra lluvia de invierno

¿De dónde viene el agua de las lluvias de invierno? Del Amazonas. Por eso la ciencia les dice “ríos voladores”. La selva hidrata a América del Sur y define el 70% de su PBI. Es que el mundo físico también está globalizado y apunta quiénes somos, nuestras economías y hasta qué comemos. Por eso, con la deforestación se extingue a un gran reciclador de agua y late un problema político y diplomático global. No es un asunto de soberanía nacional, como dice Bolsonaro; se trata de nuestra vida.


¿Qué conexión existe entre el perfume de las flores de la Amazonia con la lluvia que cae en invierno en Buenos Aires? La respuesta parece tan mágica como intrigante la pregunta. Y la explicación son los ríos voladores. Estos no son personajes de cómics, superhéroes con capita que viajan por el aire con el puño en alto, sino grandes masas de agua que se desplazan en forma de vapor desde la selva, un fenómeno que ocurre gracias a una conjunción de factores: la inmensidad de la riqueza biológica del bosque, la luz solar, los vientos y la potente pared de 6 mil metros llamada cordillera de los Andes.


 

Todo eso hace posible la vida que conocemos y a las que casi no le prestamos atención: desde cosas mínimas, como chapotear en la vereda, plantar cultivos cuando hace frío o tomar tranquilamente agua que viene del Río de la Plata, confiados en su eterno caudal voluminoso.

 

Los ríos voladores son los que permiten que gran parte de la Argentina, Paraguay, el sur de Brasil y Uruguay no tengan estación seca, como ocurre en el centro de Brasil. O que los Andes desde Bolivia a Venezuela puedan retroalimentar sus glaciares, que luego serán ríos de verdad. “Es un transporte de vapor de agua que contribuye a la formación de lluvias todo el año, pero principalmente en la época de invierno. Las lluvias de agosto, septiembre, es un período de clara relación”, me dice Carlos Nobre, un científico de la Universidad de San Pablo, famoso mundialmente por sus estudios por el vínculo entre los biomas y la atmósfera.


El fenómeno de los ríos voladores demuestra cuán complejo e intrincado es el planeta interconectado en el que vivimos: no sólo por la globalización, sino por las relaciones que existen entre el mundo vivo y el físico, que influye en quiénes somos, cómo nos comportamos, qué economía tenemos y hasta qué comemos. Cuando hablamos de la naturaleza, nada queda demasiado lejos, nada es ajeno. Sobre todo, cuando se trata de la Amazonia, que entre otras cosas, hace posible el PBI del 70% de América del Sur. O sea, que su destrucción debería ser también un problema político y diplomático.

 

 

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